miércoles, 18 de abril de 2012

SULTÁN Y EL MISTERIO DE LAS PIRÁMIDES. POR ARTURO


Sultán y el misterio de las Pirámides

Sultán y yo ayer decidimos que hoy partiríamos hacia las famosas, estupendas y maravillosas Pirámides de Egipto. Él se había encargado el día anterior de comprar todo el material necesario para nuestra interesante y apasionada expedición. Yo mientras compré los víveres: sobre todo las galletas riquísimas y pequeñitas que tanto le gustaban a Sultán. Hoy el día ha amanecido soleado, creo que esto parece indicar que vamos a empezar con buen pie.
El avión sale de Granada a las siete menos cuarto y tiene la llegada a las doce y media al aeropuerto de Amaza, en el Cario. Ya son las tres de la tarde y estamos en el hotel de Gizeh, aquí pasaremos el resto del día para descansar y mañana por la mañana partiremos hacia las Pirámides. Nos acompañaran dos beduinos egipcios que nos ayudarán a transportar el material, el equipaje y los víveres. Son las ocho de la mañana, el viaje es corto, unos siete u ocho kilómetros, pero con la calor se hará largo y pesado.
  • Ya estamos cerca, hemos llegado a Nazlat as Sauman y de ahí solo quedan seiscientos metros para llegar a la gran Pirámide.
  • ¿Sultán, estas nervioso? No dejas de moverte. ¿Es que tienes calor?
  • Las dos cosas Arturo. No me dirás que tú, ni tienes calor ,ni estás nervioso.
  • Si, pero creo que lo disimulo mejor que tú.
  • Mira, ahí está la Gran Pirámide. Para el coche.
    Nos acercamos a ella y comprobamos lo espectacular, maravillosa y grande que era. Estábamos tan entusiasmados y nerviosos que Sultán al acercarse no vió y pisó una pequeña trampilla que había allí. Sultán cayó en ella y se encontró en una pequeña, húmeda y fría habitación que habría mandado hacer el Faraón. No se dio cuenta pero junto a él se paseaba una astuta y peligrosa víbora áspid que mordió ,a mi amigo Sultán. Uno de los beduinos llamado Abed le gritó que no se moviera, que él le ayudaría. Estas víboras son venenosas, pero él venia preparado con un remedio de sus antepasados que era muy efectivo. Abed y yo bajamos a la sala donde se encontraba mi amigo. Abed le dio el remedio y le pidió que no se moviera, preocupara, ni alarmara. Nunca olvidaremos esa noche que pasamos durmiendo cerca de la Cámara del Faraón. A la mañana siguiente Sultán estaba ya bien y decidimos ir a visitar la Pirámide de Micerinos, pero...................
    ¡¡¡ Esto será otra gran historia que otro día os contaré!!!

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